La historia de la arquitectura puede leerse, de manera inequívoca, a través de la evolución en el tratamiento de la luz natural. Más allá de su condición de fenómeno físico necesario para la habitabilidad, la luz opera como un material tectónico fundamental que define, moldea y cualifica el espacio. Durante el curso, siempre invitamos a nuestros alumnos a leer El elogio de la sombra de Jun’ichirō Tanizaki, una obra imprescindible para entender que «la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra». En el discurso arquitectónico contemporáneo, resulta imprescindible analizar cómo las diferentes corrientes históricas han manipulado este recurso, prestando especial atención a la profunda dicotomía existente entre la teatralidad de los maestros del Barroco y la apertura diáfana propugnada por el Movimiento Moderno.

El paradigma barroco: la escenografía de la sombra y el hueco oculto
Durante el periodo barroco, la arquitectura se concibió como una disciplina intrínsecamente ligada a la retórica y la persuasión. Maestros como Francesco Borromini o Gian Lorenzo Bernini no entendían la luz como un elemento de iluminación general, sino como una herramienta de modelado espacial y acentuación dramática. La estrategia proyectual no consistía en maximizar la entrada de luz, sino en controlarla de forma estricta para generar una fenomenología del claroscuro.
El recurso técnico por excelencia de esta época fue el ocultamiento de la fuente luminosa. Mediante la disposición de huecos rasgados, linternas indirectas y lucernarios ocultos tras cornisas o cúpulas encamonadas, la luz penetraba en el interior de manera rasante o focalizada. Este tratamiento generaba un efecto escenográfico donde los volúmenes parecían levitar y las texturas de los estucos y mármoles adquirían una dimensión casi táctil. La sombra, en este contexto, poseía tanto peso compositivo como la propia luz. Era a través del contraste deliberado, del misterio y la penumbra, donde el espacio barroco alcanzaba su máxima expresión emocional y simbólica, guiando la percepción del individuo a través de secuencias espaciales de intensa carga psicológica.

El Movimiento Moderno: la diafanidad y el triunfo del funcionalismo
En contraposición radical a la especulación escenográfica del Barroco, el advenimiento del Movimiento Moderno en el siglo XX supuso una reconfiguración absoluta de la relación entre interior y exterior, y, por consiguiente, del tratamiento lumínico. Los postulados funcionalistas, impulsados por los avances tecnológicos en el uso del acero y el vidrio, permitieron independizar la estructura del cerramiento. El muro dejó de ser un elemento portante pesado para transformarse en una piel ligera y transparente.
Arquitectos como Le Corbusier o Ludwig Mies van der Rohe abanderaron la disolución del límite físico. La adopción de la «fenêtre en longueur» (ventana corrida) y el muro cortina respondían a una voluntad higienista y democratizadora: el espacio debía estar inundado de luz de manera uniforme, eliminando la penumbra que históricamente se había asociado a la insalubridad o al hermetismo clásico. En este paradigma, el hueco ya no se ocultaba, sino que se expandía hasta convertirse en la fachada misma.
Sin embargo, esta búsqueda implacable de la diafanidad y la transparencia total trajo consigo, en ocasiones, una pérdida de la jerarquía espacial y del matiz emocional. La luz moderna es una luz isotrópica, funcional y cuantitativa, que revela el espacio en su totalidad desde el primer instante, renunciando a la sorpresa y al misterio que caracterizaban a las arquitecturas precedentes.
La síntesis contemporánea: emoción y rigor en el espacio interior
El análisis de ambas posturas históricas nos proporciona herramientas críticas para el ejercicio del diseño de interiores contemporáneo. El diseño nace del conocimiento profundo de estas lecciones, mirando constantemente a la historia del arte y de la arquitectura para entender que la excelencia en cada detalle importa.
En la actualidad, la pura funcionalidad técnica de la iluminación ha de complementarse con la responsabilidad de crear atmósferas que conecten psicológicamente con los usuarios. Recuperar la inteligencia del Barroco no implica un retorno a sus formas, sino a su entendimiento de la percepción espacial: saber cuándo tamizar, cuándo matizar y cuándo captar la luz de forma directa. La manipulación consciente del contraste, la revalorización de la sombra como elemento de confort visual y la ubicación estratégica de las aberturas son estrategias que permiten evitar la monotonía espacial.
Diseñar espacios que acompañan la vida exige trascender la mera resolución técnica. Requiere pensar los lugares para que evolucionen con el tiempo, creando entornos con una identidad propia, pensados para inspirar, acoger y perdurar. Al integrar el rigor analítico de la modernidad con la sensibilidad escenográfica del pasado, logramos concebir arquitecturas interiores donde la luz vuelve a ser el principal vehículo de la emoción.

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